domingo, 5 de noviembre de 2017

Enterprise o cómo a veces es bueno dar una segunda oportunidad

Yo siempre he sido un fan de la serie original de Star Trek. Quizás en otra ocasión contaré cómo me convertí en un trekkie redomado. Pero ahora quiero hablar sobre la intolerancia, la mía propia. Había visto varias temporadas de Star Trek: la nueva generación con cierto agrado pero sin llegar a empatizar con los Picard y compañía tanto como con los otros, así que cuando oí hablar de una precuela de Star Trek en la que contaban la historia de la primera nave estelar con el nombre de Enterprise acogí la noticia con cierta prevención. De hecho no fue hasta el año 2007 que tuve oportunidad de verla. Una compañera de trabajo, tan trekkie o más que yo, me dejó la caja con los DVD de la tercera temporada. Vi un par de capítulos antes de devolvérsela. No le cogí especial manía a la serie, sencillamente no me enganchó. Creo que el fallo principal fue empezar por la tercera temporada. En la primera temporada de una serie, por regla general, se presentan los personajes y se crean las relaciones entre ellos. Empezar por la tercera es como integrarte en un grupo de amigos que llevan un par de años saliendo juntos y esperar a la primera coger todas las gracias, interpretar todos los tics y sentirte integrado hasta tal punto que puedas llorar cuando alguno de ellos tiene un problema o reír con todo el grupo de forma espontánea sin saber muy bien por qué. Afortunadamente descubrí hace unos meses que en Netflix estaban disponibles todas las temporadas de todas las series de Star Trek. Todavía con el recuerdo de que Enterprise no me había calado mucho, decidí emperzar por Star Trek Voyager. Vi la primera temporada en un par de semanas y me resultó entretenida pero no sentí lo mismo ni mucho menos que con la serie original, también es cierto que uno con el tiempo cambia y las cosas no le afectan del mismo modo. Pero en fin, en lugar de continuar con Voyager pensé en darle otra oportunidad a Enterprise. La cosa empezó vacilante pero empezó a engancharme poco a poco. Es cierto que todavía me rechina un poco tanta rectitud por parte del capitán Archer pero le fui cogiendo cariño a los personajes. Además considero un acierto poner una línea argumental recurrente que se recupera cada tantos episodios a lo largo de una misma temporada, o de varias como es el caso de la guerra fría temporal que coletea hasta los primeros capitulos de la cuarta. Pero al llegar a la tercera temporada, esa que hace diez años no fui capaz de aguantar, la cosa cambió a mejor incluso. Ahora me parece de lo más divertido que he visto en los últimos años. Mi interés y aprecio por la misma fue creciendo al mismo tiempo que los desmesurados guiones: viajes en el tiempo, encuentros con uno mismo, extraterrestres reptiloides que en lugar de brindar con cava se comen tiernos ratones vivos de un bocado (¡¡Sí como Diana en V!!) y que además secuestran personas en el pasado para robarles muestras de sangre, mini estrellas de la muerte, extraterrestres con uniforme nazi (aunque hay una imagen de uno de ellos en el último capítulo de la tercera temporada, esta idea se desarrolla en los dos primeros capítulos de la cuarta), historias alternativas que se desvanecen en la nada, batallas espaciales con rayos rojo para los buenos y verdes para los malos, tensiones sexuales resueltas y no resueltas, zombies vulcanos, una versión de la bella y la bestia, heroicidades a mansalva... Una delicia. Ahora a por la cuarta.

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