Yo siempre he sido un fan de la serie original de Star Trek. Quizás en otra ocasión contaré cómo me convertí en un trekkie redomado. Pero ahora quiero hablar sobre la intolerancia, la mía propia. Había visto varias temporadas de Star Trek: la nueva generación con cierto agrado pero sin llegar a empatizar con los Picard y compañía tanto como con los otros, así que cuando oí hablar de una precuela de Star Trek en la que contaban la historia de la primera nave estelar con el nombre de Enterprise acogí la noticia con cierta prevención. De hecho no fue hasta el año 2007 que tuve oportunidad de verla. Una compañera de trabajo, tan trekkie o más que yo, me dejó la caja con los DVD de la tercera temporada. Vi un par de capítulos antes de devolvérsela. No le cogí especial manía a la serie, sencillamente no me enganchó. Creo que el fallo principal fue empezar por la tercera temporada. En la primera temporada de una serie, por regla general, se presentan los personajes y se crean las relaciones entre ellos. Empezar por la tercera es como integrarte en un grupo de amigos que llevan un par de años saliendo juntos y esperar a la primera coger todas las gracias, interpretar todos los tics y sentirte integrado hasta tal punto que puedas llorar cuando alguno de ellos tiene un problema o reír con todo el grupo de forma espontánea sin saber muy bien por qué. Afortunadamente descubrí hace unos meses que en Netflix estaban disponibles todas las temporadas de todas las series de Star Trek. Todavía con el recuerdo de que Enterprise no me había calado mucho, decidí emperzar por Star Trek Voyager. Vi la primera temporada en un par de semanas y me resultó entretenida pero no sentí lo mismo ni mucho menos que con la serie original, también es cierto que uno con el tiempo cambia y las cosas no le afectan del mismo modo. Pero en fin, en lugar de continuar con Voyager pensé en darle otra oportunidad a Enterprise. La cosa empezó vacilante pero empezó a engancharme poco a poco. Es cierto que todavía me rechina un poco tanta rectitud por parte del capitán Archer pero le fui cogiendo cariño a los personajes. Además considero un acierto poner una línea argumental recurrente que se recupera cada tantos episodios a lo largo de una misma temporada, o de varias como es el caso de la guerra fría temporal que coletea hasta los primeros capitulos de la cuarta. Pero al llegar a la tercera temporada, esa que hace diez años no fui capaz de aguantar, la cosa cambió a mejor incluso. Ahora me parece de lo más divertido que he visto en los últimos años. Mi interés y aprecio por la misma fue creciendo al mismo tiempo que los desmesurados guiones: viajes en el tiempo, encuentros con uno mismo, extraterrestres reptiloides que en lugar de brindar con cava se comen tiernos ratones vivos de un bocado (¡¡Sí como Diana en V!!) y que además secuestran personas en el pasado para robarles muestras de sangre, mini estrellas de la muerte, extraterrestres con uniforme nazi (aunque hay una imagen de uno de ellos en el último capítulo de la tercera temporada, esta idea se desarrolla en los dos primeros capítulos de la cuarta), historias alternativas que se desvanecen en la nada, batallas espaciales con rayos rojo para los buenos y verdes para los malos, tensiones sexuales resueltas y no resueltas, zombies vulcanos, una versión de la bella y la bestia, heroicidades a mansalva... Una delicia. Ahora a por la cuarta.El hombre en el laberinto
Se dice que la mente humana es un laberinto en sí, pero otras veces más bien parece que esté atrapada dentro de uno. En todo caso bienvenidos al mío.
domingo, 5 de noviembre de 2017
Enterprise o cómo a veces es bueno dar una segunda oportunidad
Yo siempre he sido un fan de la serie original de Star Trek. Quizás en otra ocasión contaré cómo me convertí en un trekkie redomado. Pero ahora quiero hablar sobre la intolerancia, la mía propia. Había visto varias temporadas de Star Trek: la nueva generación con cierto agrado pero sin llegar a empatizar con los Picard y compañía tanto como con los otros, así que cuando oí hablar de una precuela de Star Trek en la que contaban la historia de la primera nave estelar con el nombre de Enterprise acogí la noticia con cierta prevención. De hecho no fue hasta el año 2007 que tuve oportunidad de verla. Una compañera de trabajo, tan trekkie o más que yo, me dejó la caja con los DVD de la tercera temporada. Vi un par de capítulos antes de devolvérsela. No le cogí especial manía a la serie, sencillamente no me enganchó. Creo que el fallo principal fue empezar por la tercera temporada. En la primera temporada de una serie, por regla general, se presentan los personajes y se crean las relaciones entre ellos. Empezar por la tercera es como integrarte en un grupo de amigos que llevan un par de años saliendo juntos y esperar a la primera coger todas las gracias, interpretar todos los tics y sentirte integrado hasta tal punto que puedas llorar cuando alguno de ellos tiene un problema o reír con todo el grupo de forma espontánea sin saber muy bien por qué. Afortunadamente descubrí hace unos meses que en Netflix estaban disponibles todas las temporadas de todas las series de Star Trek. Todavía con el recuerdo de que Enterprise no me había calado mucho, decidí emperzar por Star Trek Voyager. Vi la primera temporada en un par de semanas y me resultó entretenida pero no sentí lo mismo ni mucho menos que con la serie original, también es cierto que uno con el tiempo cambia y las cosas no le afectan del mismo modo. Pero en fin, en lugar de continuar con Voyager pensé en darle otra oportunidad a Enterprise. La cosa empezó vacilante pero empezó a engancharme poco a poco. Es cierto que todavía me rechina un poco tanta rectitud por parte del capitán Archer pero le fui cogiendo cariño a los personajes. Además considero un acierto poner una línea argumental recurrente que se recupera cada tantos episodios a lo largo de una misma temporada, o de varias como es el caso de la guerra fría temporal que coletea hasta los primeros capitulos de la cuarta. Pero al llegar a la tercera temporada, esa que hace diez años no fui capaz de aguantar, la cosa cambió a mejor incluso. Ahora me parece de lo más divertido que he visto en los últimos años. Mi interés y aprecio por la misma fue creciendo al mismo tiempo que los desmesurados guiones: viajes en el tiempo, encuentros con uno mismo, extraterrestres reptiloides que en lugar de brindar con cava se comen tiernos ratones vivos de un bocado (¡¡Sí como Diana en V!!) y que además secuestran personas en el pasado para robarles muestras de sangre, mini estrellas de la muerte, extraterrestres con uniforme nazi (aunque hay una imagen de uno de ellos en el último capítulo de la tercera temporada, esta idea se desarrolla en los dos primeros capítulos de la cuarta), historias alternativas que se desvanecen en la nada, batallas espaciales con rayos rojo para los buenos y verdes para los malos, tensiones sexuales resueltas y no resueltas, zombies vulcanos, una versión de la bella y la bestia, heroicidades a mansalva... Una delicia. Ahora a por la cuarta.Un libro: El hombre en el laberinto, de Robert Silverberg
El nombre del blog que justo estreno ahora hace referencia a la novela de Robert Silverberg El hombre en el laberinto (1969). En las primeras páginas descubrimos a Dick Muller viviendo solitario en el centro de un enorme laberinto alienígena. La construcción está situada sobre una árida meseta azotada por los vientos. La civilización que lo ha construido lleva desaparecida millones de años. Muller es el único habitante del planeta. Para llegar hasta el centro del laberinto ha tenido que superar múltiples trampas y haber escapado decenas de veces a una muerte que se antojaba casi segura. Poco a poco vamos comprendiendo que Muller se está escondiendo, posee una deformidad que hace que se sienta rechazado por el resto. No tardamos en entender cuál es su enfermedad, su tara, su estigma. No es más ni menos que su propia humanidad. Años atrás fue el primer ser humano en contactar con una civilización extraterrestre. Cuando volvió a la Tierra descubrió que había cambiado. Sin conocer el motivo, los alienígenas le habían conferido una especie de telepatía, pero era incapaz de transmitir, solo de emitir. Constantemente los pensamientos de Muller llegaban a los demás, lo más interno y secreto estaba al alcance de todos, sus sentimientos, emociones, anhelos, inquietudes, odios... todo eso transmitido a los demás en un flujo imparable. La distancia era el único remedio. Pronto Muller se dio cuenta de que su amante, sus amigos, hasta los empleados del hotel rehuían su presencia. No soportaban estar delante de él. Y simplemente porque les recordaba constantemente lo que es ser humano, lo que todos tenemos dentro de nosotros, toda la basura que somos capaces de almacenar, guardar e incubar. Así que cansado de tanto rechazo Muller decide abandonar el espacio conocido y esconderse en el planeta del laberinto. Vive allí solo hasta que una nave espacial aterriza cerca del laberinto. Se trata de una expedición comandada por el antiguo jefe de Muller, el implacable Charles Boardman. La humanidad está en peligro y solo las especiales habilidades de Muller pueden salvarla de la amenaza de una nueva raza alienígena. Pero Boardman sabe que Muller no va a aceptar ayudar a las buenas, así que le pone un cebo en la forma del joven e ingenuo Ned Rawlings que completa el trío protagonista. Realmente la percepción de la humanidad no es tan pesimista ni mala como parecen dar a entender los dos primeros tercios del libro. A pesar de todo lo malo que podamos albergar dentro de nuestra envoltura corporal, siempre hay una traza de bondad, de sacrificio, algo donde cogerse, un rayo de esperanza, cosas por las que valen la pena luchar. Muller no es distinto en eso. Incluso Boardman a pesar de todas sus manipulaciones cree que está actuando en aras de una causa mayor. Rawlings todavía puro es el campo de batalla entre Boardman y Muller, ¿para qué lado se decantará? En mi opinión una novela muy entretenida que te hace reflexionar sobre lo que define un ser humano. Tampoco hay que esperar descubrimientos filosóficos más allá. Es cierto que no acaba de profundizar en los temas que plantea y que catalogarla de machista sea hasta incluso quedarse corto por la forma en la que trata la imagen de la mujer, tema que daría para un par más de artículos, pero aún así tiene algo que la hace distinta, que despierta el sentido de la maravilla.
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